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Miriam Ortiz de Zárate |
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La fuerza impulsora de la visión es mucho más evidente en las visiones colectivas. Como dice Peter Senge, “Pocas fuerzas humanas son tan poderosas como una visión compartida”. Una visión compartida suele partir de la visión personal de un líder que, en un momento dado, es capaz de contagiar a todo un grupo de personas. Así se han hecho realidad visiones que, cuando fueron enunciadas, parecían sueños inalcanzables. Tomemos el caso de Kennedy cuando, en 1965, formuló la visión de llegar a la luna. En aquel momento no existía ninguna posibilidad técnica de alcanzar semejante objetivo, pero fue capaz de movilizar a miles de personas que, compartiendo su visión, se pusieron a trabajar en ella y lograron materializarla en un plazo de diez años. Siguiendo en el plano de la política, podemos encontrar a otros líderes que formularon visiones que hicieron cambiar el curso de la historia, como Martín L. King, Gandhi o Nelson Mandela.
Victor Frankl, psiquíatra austriaco judío, que logró sobrevivir a los campos de concentración nazis, afirma que la mayoría de las personas que sobrevivieron tenían algo que realizar en el futuro y pudieron encontrar la fuerza necesaria para seguir luchando y no dejarse morir. Las organizaciones con una visión ambiciosa, retadora, conocida y compartida por todos, tienen también la capacidad de generar resultados espectaculares. Las visiones estimulan a la gente, crean la chispa que eleva a una organización por encima de lo normal. Sin la idea de visión compartida no pueden entenderse fenómenos como los de Ford o Apple. Henry Ford tuvo la visión de construir coches para gente normal, no solo para ricos, al formular su lema: “Un americano, un coche”. Steven Jobs vio el poder del ordenador personal como una herramienta que podía ser accesible a todo el mundo y no sólo a los expertos informáticos. En una empresa, una visión compartida modifica las relaciones de la gente con la empresa, que la viven como un proyecto propio. “nuestra empresa”. Una visión compartida hace que la gente que se tenía desconfianza empiece a trabajar en equipo, crea una identidad común. La visión compartida incrementa el deseo de experimentación y de “arriesgarse” no dejándose vencer por los obstáculos y persistiendo en la visión, a pesar de las dificultades. Desde luego, tener una visión no es lo único que se necesita para lograrla, pero es la cuerda que nos lanza el futuro y, tirando de ella, tendremos las mejores oportunidades de alcanzarlo. La visión no es el punto a donde quiero llegar, sino el punto de partida.
Habituarse a la práctica de clarificar la visión es importante porque es muy frecuente encontrarnos con personas que luchan y se esfuerzan cada día por dirigir sus pasos en direcciones que no están alineadas con sus verdaderos intereses y preferencias y que, cuanto más se esfuerzan, más luchan y trabajan por conseguir determinados objetivos, más se alejan de lo que es verdaderamente importante para ellos y más infelices se muestran. Esta manera aparentemente contradictoria de actuar puede explicarse de diferentes maneras, pero una de ellas sugiere que muchas personas han renunciado en algún momento de sus vidas al desarrollo de sus verdaderas visiones, y que por este motivo prefieren no volver a plantearse qué desean hacer con su vida y siguen adelante sin un rumbo demasiado definido o por un camino diferente que a veces puede compensar la renuncia a la verdadera visión, pero que muchas otras veces genera profundos sentimientos de fracaso o de insatisfacción. Es cierto que la vida nos pone muchas veces obstáculos difíciles de superar y que pueden hacer que nos veamos obligados a renunciar a aquello que desearíamos alcanzar, pero también nos encontramos muy a menudo con otro tipo de renuncias, que tienen que ver con nuestras propias conversaciones y los límites que nosotros mismos nos ponemos.
El coaching es una excelente herramienta para trabajar el desarrollo de visión y superar las barreras de las tensiones emocionales, al trabajar en tres niveles diferentes: En primer lugar, facilita enormemente la exploración de las diferentes opciones que pueden surgir, gracias a la atmósfera que se genera en la sesión de coaching, a través de las preguntas del coach.
Este último es sin duda el aspecto más importante del proceso de coaching, cuando trabajamos con visión. Las personas que no han seguido sus sueños o aquellas que nunca se permitieron a sí mismas llegar a formularlos, descubren a través del coaching qué creencias de base fueron las que actuaron como barreras y pueden plantearse acciones encaminadas a modificar estos patrones de pensamiento, transformándolos por otros que dan más poder al coachee. Sólo así desarrollará la determinación y el compromiso necesarios para trabajar y esforzarse por lograr aquello que desea alcanzar. |
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